miércoles, 3 de julio de 2013

Las rosas y el cristal esmerilado


Te acercas al rosal, atraído por el color y el perfume de sus flores. Pero no te basta, quieres poseer la efímera belleza y la elegancia de las rosas.

En una esquina de tu casa, sobre una mesa apolillada, tienes un jarrón de cristal esmerilado. En él has colocado margaritas, claveles, azucenas... que mustias se marchitan sin que les hayas dedicado una mirada, excepto por aquella que te llevó a arrancarlas de su tallo. Las desechas cuando el olor a podredumbre, del agua primigenia, ofende tu nariz y mancilla el ambiente aséptico que pretendes mantener en cada hueco, en cada endeble centímetro cuadrado de la guarida que, pomposamente, nombras "refugio creativo" frente a los pocos amigos que conservas porque aún no descubren los harapos desgarrados de tu alma.

Pero te acercas al rosal, confiado, sin pensar siquiera en transplantarlo en el el jardín trasero de tu casa. Porque no te basta contemplarlo libre, floreciendo para todos en el campo. En contacto con la tierra y con el viento. Y vas pensando si conviene más llevarte los botones o las rosas ya despiertas al sol.

No has reparado que el rosal, en su sabia y delicada belleza, tiene hojas y aguijones, que le ayudan a nutrirse, a enzarzar sus ramas, dándole consistencia y sostén en su conjunto.

Pero te acercas al rosal, desprotegidas las manos con soberbia y, cuando intentas arrancar a las flores de sus tallos, un grito de dolor escapa de tu garganta entumecida y una gota de sangre, en la yema de tus dedos, te recuerda que estás vivo.

Y, en lugar de agradecerlo, maldices a las rosas para ir, como siempre, a buscar margaritas que mirar una vez - una vez sola- para luego desechar cuando estén mustias.

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